La participación de Maya Tejedores de la Tierra en la Feria Internacional del Libro, el pasado 29 de abril, fue una experiencia profundamente significativa. Siempre había asistido a este evento como visitante y jamás imaginé que algún día estaría allí como panelista, compartiendo los procesos de investigación que hemos construido desde la agricultura urbana y comunitaria.
Esta invitación fue realizada por la Universidad Católica de Colombia, institución con la que hemos desarrollado pilotos de investigación sobre la capacidad de secuestro de carbono que tienen nuestras huertas urbanas. Este proceso ha sido uno de los más importantes para nosotros, no solo por los resultados obtenidos, sino por lo que representa en términos de reconocimiento de la agricultura urbana como un espacio legítimo de ciencia, investigación y transformación social.
Uno de los aspectos más interesantes del evento fue la posibilidad de visibilizar las oportunidades que ofrecen las huertas urbanas para la investigación y el desarrollo de nuevas potencialidades en las ciudades. Durante el panel nos preguntaron cuáles habían sido los principales retos en estos procesos investigativos, y considero importante compartir parte de esa experiencia.
Desarrollar este piloto de secuestro de carbono tomó más de tres años. Antes de trabajar con la Universidad Católica de Colombia, presentamos esta idea en distintos espacios sin encontrar apoyo o interés. Muchas veces sentimos que nuestras propuestas no eran tomadas en serio, hasta que finalmente encontramos un grupo de profesores que creyó que este proceso tenía sentido y valor científico. Ese respaldo fue fundamental para demostrar que el conocimiento que nace desde las comunidades también puede aportar significativamente a la investigación académica.
Personalmente, considero que los procesos investigativos construidos desde las interpretaciones y experiencias comunitarias son extremadamente valiosos. La participación de la comunidad es la que realmente dinamiza las investigaciones y permite obtener resultados con impacto real en los territorios.
Otro reto indiscutible es lograr que la investigación no se perciba como algo lejano o exclusivo de especialistas. Es necesario traducir la información a un lenguaje más cotidiano, cercano y comprensible, de manera que desde un niño hasta un adulto mayor puedan entender los aportes que estas investigaciones generan para transformar estilos de vida, fortalecer derechos y cambiar nuestras relaciones con el territorio y el ambiente.
Por eso, me emociona profundamente haber compartido estos pequeños logros en un espacio tan importante como la Feria del Libro. Esperamos que estos procesos continúen creciendo y sean cada vez más escalables, para fortalecer la agricultura urbana no solo como un proceso social y comunitario, sino también como un campo de ciencia e investigación que respalde este camino.
Defender y fortalecer la agricultura urbana también significa reconocerla como un legado patrimonial, cultural y de investigación que no nació hoy, sino que hace parte de nuestra historia, nuestra memoria y nuestro ADN colectivo.